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A simple vista, es un gordito retacón que cocina con un lápiz de almacenero en la oreja. Un catalán de palabras atropelladas que aprendió a cocinar en el servicio militar y punto. A simple vista, El Bulli era una casita blanca sin lujos: cocineros fumando en los descansos, las pancitas de la letra B del cartel llenas de óxido, la historia de algún valiente que confesó que se murió de hambre. Es que el mito que se construyó alrededor de Ferrán Adrià y de su templo gastronómico no se debe a la solemnidad de un restaurante de mozos almidonados. Ni siquiera al sabor de la comida. Esta semana, frente a un Gran Rex colmado, el mejor chef reveló sus secretos. "Creatividad contextual", escribió en una pizarra. Las 3.200 personas que lo venían aplaudiendo de pie y –beneficios de la fascinación– le festejaban todos los chistes, enmudecieron. "¿Alguna vez fuisteis a una feria trellas Michelin dijeron 'oiga, le vamos a sacar las estrellas'. El año pasado, cuando decidí cerrar El Bulli para armar una fundación, mi mujer me dijo que era raro, mi socio no lo entendió, la prensa dijo que estaba arruinado. Lo que necesitábamos era libertad: libertad para volver a transformarnos". Así, Adrià mutó de cocinero a gurú. Pasó de ser el mejor del mundo a decir 'sí' cuando Hollywood le propuso hacer un film basada en aquella casita blanca. Se rió de la fascinación de la prensa con sus inventos. "Ohhh, nitrógeno, palabras mayores", y mostró cómo creó "huevos de dinosaurios" con un globo de cumpleaños. Se despidió y dejó la misma sensación que un spot de cerveza que protagonizó este año. Allí, uno de sus discípulos cocina a escondidas un huevo frito. Adrià, en vez de hacerle la cruz, moja un pedazo de pan en la yema y lo abraza. El slogan remata: " A veces lo normal puede ser extraordinario ".
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